viernes, 23 de febrero de 2007

Open your eyes



Soportando la pesadumbre giro su torso hacia aquel sonido lejano que lo llamaba de forma tan extraña y remota, sintiéndose completamente inconciente caminó despacio intentando controlar cada uno de sus movimientos aunque sabía muy bien que no lo lograría. Parecía encontrarse totalmente calmo, sin embargo por dentro sentía una desesperación increíble que lo empujaba a correr incansablemente hacia cualquier parte, pero a la vez ataba sus pies al suelo como si ellos formaran parte de este. ¿Por que lo hacia? ¿Por que se mantenía firme si sabia que jamás lograría nada con esa postura idiota? no, no lo sabia, sin embargo lo sentía y eso le era suficiente ya que por una vez en su vida se estaba guiando por lo que sentía. Lo único que quería es que todo saliera bien, aunque en el fondo de su mente y de su alma se acurrucaba ese sentimiento desesperado por fallar, entonces tendría una excusa una gran excusa para no volver a hacer nada que sintiera verdaderamente pero que no pensara. Pero... ¿y si era defraudado? ¿Acaso creía que se sentiría tan bien como si nunca lo hubiese hecho por el simple sentimiento de no volverlo a hacer?, no, sabia que lo único que lograría con estas reflexiones era fallar y eso era lo menos que quería. Por fin se decidió y avanzo firmemente hacia el edificio donde ella se encontraba completamente impaciente por su visita… Tuvo la triste sensación de que él nunca llegaría, disimulando llamar por celular, como si no tuviese señal, salió a la puerta y como lo sospechaba lo encontró sentado en un escalón con un cigarrillo abandonado a medio fumar entre sus dedos y la mirada ausente. Decidió sentarse a su lado en silencio a escrutar el horizonte e intentar vanamente introducirse en sus pensamientos. Se encontraba tan ensimismado que apenas alcanzo a sentir el calor de su piel tan cerca de la suya cuando ella luego de levantarse le besó la mejilla dulcemente, pero con gran decisión. “Quizá sea este cambio repentino de temperatura” pensó con amargura y subió los escalones de dos en dos, estaba segura de que la había oído, pero no podía evitar pensar en que él nunca subiría. Cerró la puerta con cerrojo y se dejo caer al lado de su cama llorando en silencio como acostumbrada desde que era pequeña. No creía poder soportar otro día como ese: ella llamándolo por la mañana y rogándole que fuera, él sentado en la puerta sin siquiera llamar, ella bajando a su encuentro imaginario, él sin decir palabra…ella llorando desconsoladamente. Lo que no sabía, ni se imaginaba, era que luego de su partida él la había seguido hasta la puerta y escuchaba su respiración agitada del otro lado sumido en una angustia prácticamente incontrolable. Pero ese capricho lo consumía, solo quería pronunciar dos pequeñas pero gigantes palabras en cada encuentro que tuvieron desde hacía tres semanas. No podía, es que era tan grande el miedo de que algún día ella ya no bajara… Debía hacerlo, ya no se trataba de un “quiero hacerlo”, “puedo hacerlo”, “debería hacerlo”, era mucho más que eso, era una necesidad, más que un deseo… era su deber. Golpeo la puerta con cuidado pero seguro. La verdad era que lo menos que sentía en ese momento era seguridad de sí mismo, pero no podía esperar más.

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